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domingo, mayo 31, 2015

EL VIAJE INTERMINABLE


A M.G, con todo el cariño que puede caber en un instante. 
Ser cómplice de ese momento de  transito eterno es una cuestión de calidad,  señora  Marquesa. 
El instante nos merece sobre todas las cosas. 
Ojalá sea eterno y nos encontremos en un sin fin de jardines y a pleno sol.

El viaje interminable

 Un momento de tránsito eterno, eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse, sobre la realidad inocua, el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a M.G. estaba en su cuarto haciendo las maletas: por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando, con claridad meridiana, hacia el oeste.


      ¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquella primera vez? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no? A quién le iba importar ese computo… o cualquier otro ¿A Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? En una inmensidad en la que Todo ocurre y a la vez y en su extremo más vicioso se torna quietud y calma… monotonía, paradoja ¿es acaso este transito eterno  el último fin, el último destino?  En cualquier caso, lo que sea, carece de importancia.

             Esta vez, cuando M.G terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la kerrya japónica, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana, conjugar en pasado es la naturalidad de la señora Marquesa, el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra ya, en este preciso instante de medio día, cuánta luz en el premeditado desorden, cuánta vida. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Free, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos

--Pase, Free.
--¿Qué desea la señora Marquesa?
--Prepáreme el baño.
--En un instante, señora ¿Desea que la acompañen sus patitos de goma?
--Por supuesto, que no falte ninguno… Free
--Dígame, señora.
--¿Tardarán mucho en volver las sombras al jardín?
--No creo, así que el sol comience a descender, volverán.
--Es una pena, me gusta el jardín sin rincones oscuros.
--Es un instante, no se preocupe por eso, mañana volverá a ser medio día, y pasado y al otro, día tras día: siempre ese momento sin sombras.

      Efectivamente, es un instante, un instante más y habrá que poner rumbo al este, un instante más y las sombras volverán al jardín completando su periplo hasta que la noche las engulla con Todo lo demás. Cuánto es Todo. Quién es Todo. Dónde está Todo… Y la señora Marquesa lo buscó con la mirada. Sempiterna presencia peluda que la acompañaba desde que alguien le regaló su primer rayo de luz, siempre el mismo, siempre distinto, siempre presente, siempre peludo y perezoso. Todo dormitaba a pleno sol envuelto en su traje de piel, se revolvió un poco sobre la tumbona y buscó a palpas, sin abrir los ojos, la campanilla que encima de su vientre  llevaba meciéndose arriba y abajo, al ritmo de su respiración, toda, toda, toda la mañana. La cogió con inusitada delicadeza entre sus  dedos gordos y la hizo sonar. En un instante Free apareció por la puerta de la cocina, impecable. Free siempre impecable.

--¿Qué desea?
--¿Qué hora es, Free?
--Mediodía ya
--¿Lo sabe la señora  marquesa?
--Sí.

      Lo dijo mientras la veía detrás de los cristales de su ventana, expeliendo el humo con aristocrática gracia.

--Dígame Free ¿al fin se va de viaje?
--Se va, ya tiene las maletas preparadas.
--Las sombras y yo la echaremos de menos.
--Las sombras y usted no importan.
--Usted tampoco, Free, no lo olvide.

            Y volvió a partir. Navegó, la señora Marquesa, por un cauce sereno hasta su nuevo destino. Navegó, la señora Marquesa, por un cauce infernal hasta su nuevo destino. Y Free, prisionero de ese noble bucle, se había adelantado con el equipaje y la esperaba, impecable Free, siempre impecable, a la puerta de su nuevo hogar, nuevo y viejo, siempre el mismo. Siempre la señora Marquesa, siempre esas sombras engullidas por el medio día, día tras día, instante tras instante.
            Apenas si eran las tres de la tarde cuando llegó. Su otra casa, su otro jardín, su otro Todo, la campanilla encima de su vientre subía y bajaba al ritmo de la respiración, eso es lo bonito de los instantes, que viven y mueren en sí mismos y por lo tanto su perpetuación siempre es ocasional y oportuna:

--Despiértelo, Free: anuncie que ya he llegado.
--¿No prefiere unos instantes de tranquilidad antes de que se desperece?
--¿A vueltas otra vez con los instantes, Free? ¿A vueltas otra vez con los instantes? ¿Acaso duermen debajo de Todo? ¿Debajo de este Todo peludo y barrigón? ¿Cuántos instantes necesito antes de despertar a Todo?  ¿Quién es Todo, dónde está?…
-- Dormitando en el jardín, ajeno a la sombras y a su viaje, con su sempiterno traje peludo. No es necesario que se ponga irónica, señora marquesa.
--Despiértelo! Free.




                                                    FIN

4 comentarios:

Vichoff dijo...

Qué maravilla, Cris. Nadie como tú para darnos otra mirada sobre el mundo, otra forma de verlo. Haces magia cuando escribes, no sé si lo sabías.
Un abrazo enorme.

Rosa del Aire dijo...

Estoy de acuerdo con Fefa, en el viaje no importa adónde vayamos, sino dejarnos llevar por la magia y tú sabes como transportar al lector.
Besitos.

mercedes fernández castro dijo...

Cambias de rumbo en este viaje. Me parece muy distinto a lo anterior.tienes que presentarme a Todo

Eme Dedevesa dijo...

Estimada C.C ,
Gracias por abrir los portones de su taller… por permitir sazonar y batir tantos ingredientes espontáneos y libres de colorantes. Gracias por elaborar riquísimas conservas de corazón y complicidad. Sra. Condesa, alquimista, gracias por sus nobles pócimas, ricas en vísceras, verbos y alma. Cualquier día de estos nos vemos por uno de esos jardines sin fin y a pleno sol.