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lunes, mayo 04, 2015

TRES DÍAS DEL ÍNTIMO DIARIO

21 de octubre del 2000 
Cuando he bajado del tren esta tarde, solo con poner los pies en el anden y recorrer con la mirada la pequeña estación, los temores han desaparecido detrás de esa cortina pacífica que son mis recuerdos y que especialmente hoy, desde primera hora del día, se habían agolpado dentro de mi corazón, perdidos, como si fueran personajes de Dickens: tristes, tristes y pobres, pobres.


La estación con su discreto latir atemporal  ya es un inmenso recuerdo. Recuerdo de las idas y venidas de distintas épocas de mi vida, de largas esperas cuando llegabas (la impaciencia sumada a la impuntualidad de la empresa ferroviaria hacía estragos en mi paciencia) y de despedidas interminables que empezaban y terminaban allí, tan lejos de todo. La estación que divide mi ciudad en dos mitades bien diferenciadas, lo mismo que en  mi vida donde también ha habido dos mitades, antagónicas, contradictorias y llenas de estaciones de sitios diferentes que lo dividen todo, lo trocean todo. Aún hoy me duele, demasiado, volver los ojos hacia la mitad oculta ¡mi querida cobardía! pero esa es la historia de cualquier vida: ¿por qué iba a ser la mía diferente?, ni yo lo he querido. Allí, con mis pies pegados al andén, vuelvo poco a poco aquel pasado que se merece, al fin, que lo mire de frente. Hay tanto miedo en aquellos años, tanta incertidumbre, tanta desazón que, cuando me zambullo en la memoria, el cariño y la lastima me empañan los recuerdos: la lucha por la supervivencia, por no perder el norte de mi propia identidad. Ahora que por fin creo encontrarme “al margen” puesto que la historia de mi vida está escrita y rubricada, ahora que disfruto de ese paréntesis que nos da la vida antes de concluir y que consiste en la contemplación pacífica del pasado, del reencuentro, del balance final tranquilo y sosegado, reconozco sin exaltación la mano firme que me empujó a aquel destino. Orgullosa de haberlo asumido aunque fuera a trompicones, aunque en más de una ocasión la entereza se me hubiere quedado prendida a modo de jirón en esa maraña de días, de semanas, de meses, de años.

He descubierto, con satisfacción, que los taxis siguen siendo del mismo color que cuando me fui: blancos y con una franja granate que los atraviesa horizontalmente de lado a lado, con un escudito impreso en el centro. Me ha cobrado, por diez minutos de viaje, una fortuna. Mi pequeña ciudad sigue igual. Cambiar aquí la fe por la esperanza desoladora fue sin duda el más arduo de los cometidos que llevé a cabo durante mi juventud. La esperanza por pura necesidad, porque lo contrario era el vacío, el abismo insondable de las sin razones. Mantener esa esperanza lejos de aquí, año tras año, a lo largo de mi madurez, una auténtica proeza: ¿Quién me había dicho que vivir era fácil?, ya no lo recuerdo, quizás nadie. Aquella inocente hipótesis queda perdida en mis recuerdos más lejanos, junto al tacto cálido de la mano materna acariciándome la mejilla, detenida en una greca estampada de alguno de mis vestiditos de niña. Es posible que, aquella consigna, solo existiera en mi cabeza mientras asaltaba el bote de galletas, que la abuela nos racionaba, en las habituales visitas de los sábados. Entonces vivir sí era fácil, tan fácil como respirar, como volver los ojos para ver, como acercar la oreja a una puerta para oír... entonces sí. La llaneza de mi infancia, ese fue el regalo más especial que me hizo mi madre y que yo he procurado hacer a mi hija, a sabiendas de que, también ella, será desterrada del séptimo día, como lo fui yo, como lo somos todos. Avocados sin misericordia a esta jungla de falsedades, persiguiendo el espejismo del amor prometido... solo por ser mujer u hombre, qué más da, ciudadanos del universo.

Me alojo en el hotel Alfonso V. Nada más llegar a mi habitación he abierto la maleta para sacar mi agenda repleta de nombres, direcciones y teléfonos de personas que ya no existen, probablemente, más que en mi cabeza. Y he sacado también el sobre blanco y cerrado, bien cerrado, con su nombre escrito. Tu nombre: MARIA DEL PINO. Apartándolo encima de la mesilla de noche empiezo a hacerme cargo de aquella realidad ineludible, la que me ha traído hasta aquí. Hace tiempo que sé que hay ciertas cosas que viven por sí solas, infiltrándose en nuestras voluntades para salir a flote, para seguir adelantarte, esta es una de esas cosas, me dejo llevar porque odio las paradojas, la insatisfacción, las dudas. El sobre encima de la mesilla y tu nombre: María. Víctor vuelve a estar presente, en la caligrafía del nombre de MARIA DEL PINO, en el blanco sobre, en lo que hay dentro. Vuelvo a recordar aquellos últimos momentos, hace tan solo unos días: su blanca y aún cálida mano, sobre la mía, que poco a poco se fue quedando yerta, abandonado a su suerte, como hemos de estarlo todos, confesándome, sin palabras, en un suspiro, su miedo, su soledad a pesar mío. La muerte, la muerte pacífica que se lo llevó sin remisión: - " Mi amor" le dije "estoy aquí contigo, cariño" y él me respondió - "Y quién estará contigo" -" tú, mi amor, tú estarás" pero no sé si me oyó, no estoy segura de que me oyera. Fue la muerte con sus frías manos la que le cerró los ojos para siempre, tan silenciosa, tan misteriosa, esa astuta y vieja conocida.

Cuando he abierto la agenda en busca de una referencia para mi periplo de tres días, me doy cuenta de que, en el fondo, no quiero ver a nadie; solo quiero pasear, pasear por las calles, sentarme en los bancos de mis parques, reconocerme en algunos sitios, reconciliarme con multitud de sombras. En definitiva: refrescarme la memoria, tranquilamente. Salvo en esos momentos en que haré lo que he venido a hacer (entregarle a María su sobre, tu sobre) quiero, como único cometido, aliarme con los silencios de mi pasado. Hoy que me importa un pito lo que el tiempo, en estos pequeños retazos de espacio, me depare, estoy por encima de cualquier sorpresa que las casualidades me quieran dar.

22 de Octubre del 2000

Las palomas arrullando desde la barandilla del balcón, de la habitación, son las que me han despertado esta mañana. No me gustan las palomas, esas sucias aves que todo lo defecan... Recordé haber visto una picoteando los intestinos de otra que había sido aplastada por una moto que a su vez, y por esa razón, se había estrellado sobre el asfalto. Mientras la paloma estaba aplastada, la paloma le picoteaba los intestinos y la rueda trasera, de la motocicleta, rodaba sin control en el aire mientras, el muchacho, más allá, intentaba zafarse del casco que posiblemente le había salvado la vida. Mi niña, agarradita de mi mano, miraba boquiabierta: -"Mamá, ¿las palomas comen palomas?", aquel día ambas descubrimos que, al parecer, las palomas comen palomas. -"Cuando nos llame papa, esta noche, por teléfono, tengo que contárselo". Y cuando papá llamó aquella noche, aquella noche triste de ausencia, como tantas, aquella noche oscura y cálida que me traía, a ráfagas, desde la ventana abierta de nuestra sala de estar, un olor profundo a pinos, a primavera, a resurgir de vida de alguna otra parte que no era mi corazón ( ¿dónde estabas María?), cuando llamó aquella noche, la niña se lo contó y cuando, al cabo de algunos días, volvió a casa cansado, cansado... la niña se lo volvió a contar.

Vivíamos, en aquella época, en una casa preciosa a la orilla del océano Atlántico, allí había nacido nuestra hija. Las tardes enteras en la playa son un recuerdo inolvidable con su historia cíclica, repetida hasta la saciedad: caía la tarde, y el sol se posaba sobre la línea inamovible del horizonte con su color ocre, a modo de mufla, como un alquimista. Desde ese fondo incierto multicolor, medio azul, medio verde medio rojo, recorriendo un camino de luz, se acercaban las olas a la orilla, una detrás de otra, como si fuera un efecto óptico por su alucinante simetría. Día tras día el mar estaba en calma, cada ola, con su lomo dorado, se desparramaba generosamente sobre la arena de la playa y nos traía su chapoteo. A veces golpeaba una roca que emergía rompiendo el equilibrio del paisaje, victoriosa en cada envite por quebrar la magnificencia de tanta agua, de tanta calma, de tanto susurro. Y mis ojos que lo ven (aún hoy lo ven) sin comprender muy bien lo que ven, sentada en la arena de esa playa. Y mis oídos que oyen el chapoteo del agua y su eco recorriendo la orilla, renovándose a cada instante desde la noche de los tiempos. Mientras los dedos de Víctor jugaban con la arena trazaban una línea imaginaria aprovechando los distintos tonos que la arena presentaba, según el grado de humedad, y con indiferencia (la misma indiferencia que me muestra a mí esa ola en ese eterno ir y venir que sin esforzarse por tocarme tan siquiera la punta de mi pie desnudo, llega a mi lado para luego irse) pensaba: " Desde allí para allá está el mar, desde allí para acá, yo". Y así fue siempre. “¿Dónde estabas tú, María?”

No pasó mucho tiempo para que nos volviésemos a trasladar otra vez. Nuestra vida era un ir y venir a todos los sitios y de ninguna parte. Durante aquella época, fui la mujer más triste del mundo; atrapada, en aquella extraña suerte que manejaba mis días, mantenía parte de mi vida en retaguardia a la espera de una señal, de una orden que me permitiera salir de la trinchera. Consciente de que cualquier decisión sería mi decisión, intocable e irrevocable y, al cabo, en esa espera sin señal, no contaba con tu puntillosa honestidad, María. Me quedé con él y acepte para siempre su extraño juego ¿por qué? Supongo que porque lo quería... sé que él a mí también. “¿Dónde estabas tú, María?” empezó a ser como una oración.

Hoy fui a comer al Zuloaga, allí fue donde empezó esta historia que ya dura cuarenta años, cuarenta años son muchos años. Fue allí donde nos juramos amor a tres bandas, María, Victor y yo, allí donde, amarrados de las manos, en torno a la mesa, invocamos el embrujo fatuo del amor eterno. Los dos la queríamos, los tres nos queríamos con un amor libre y apasionado, profundo y primitivo. Me senté a una mesa que bien podía haber sido aquella mesa y, sin mucho esfuerzo, rememoré el brillo singular de aquellos ojos que, como los míos, indagaban en el negro insondable de nuestras almas. Cuánto nos quisimos... Solo por un segundo de aquellos merecería la pena volver a nacer otra vez, por volver a sentir la mano de María en mi mano y la mía en la de Víctor, vendería, sin dudarlo un momento, mi alma al diablo. Pero me temo que hoy por hoy mi alma vieja y arrugada ya no vale nada... no vale nada.

23 de octubre del 200

La quise, ¡claro que la quise! Y de eso da fe la cicatriz que llevo en el corazón y que, en los días grises, duele recordándome aquel amor que entonces, me pareció imposible. Solo yo sé cuánto la he echado de menos, los celos tan terribles que me devoraban cuando llegaba Víctor, cansado de atravesar el mapa de punta a punta, y traía el brillo de sus ojos en sus ojos, siempre supe que durante un tiempo ellos se siguieron viendo... Cuántas veces he acariciado el recuerdo de aquel último día, en su casa vieja y destartalada. Su cuerpo desnudo, apoyado en el quicio de la ventana, absorbiendo la luz última que la tarde nos brindaba. Una tarde de otoño fría y desapacible, una última tarde de otoño para una despedida cruel. El reloj de la catedral de Santa María daba las siete; yo, sentada en la cama, desnuda también, resolvía sin pestañear el fin de aquel amor difícil y desasosegado. Mientras, en mi vientre latía la certera razón, la única, la más poderosa. Ahorrándole los detalles, seguramente lo único honesto que hice aquella tarde, me dejaba golpear por cada lágrima que ella vertía: Le pedí que no viniera con nosotros, que nos dejara marchar. Y ella obedeció sumisa y dolorida entendiendo lo que quizás yo no acertaba ni a sospechar.

Arrimada al muro añejo del Palacio Episcopal, la Catedral enfrente, yo sigo mi camino apurando su exigua sombra, mas arriba, más lejos... cada vez menos, voy a la casa de María. La idea del pasado se hace aquí más real que en ningún otro sitio de la ciudad: " Es este muro y este otro" me digo mientras los rozo con los dedos sin dejar de andar. Pego la mirada en el esquinazo que hace la imponente construcción como, acaso, lo hubieran hecho alguno de mis antepasados o yo misma hace años de camino, como hoy, a tu casa. Me siento irónica. No me resisto a la tentación de entrar, aun a sabiendas de que llegaré tarde a mi cita con Maria. ¡Qué sátira! distraer unos minutos en este derroche de eternidades. La miro a hurtadillas al tiempo que subo sofocada por el esfuerzo. Paso a su lado arrancando los brillos que el sol posa en cada rincón del empedrado, con meticulosa necedad. La Pulcra, perfilada bajo el azul intenso de este mes de octubre, surge de la nada silenciosa y arrogante. Reconocen mis ojos cada recoveco, vuelvo a observarlos una y otra vez, los conozco hasta el aburrimiento, los quiero... vuelven a ser míos. Permanezco en este instante que probablemente será eterno. En este preciso momento, que se repite cada vez que paso a su lado. Alzando los ojos, al arrullo del lamento del pueblo medieval, detrás de esta magnifica construcción que me inspira para retomar el hilo de la grandeza de mis recuerdos con Víctor y contigo, está tu casa María. Y en ella tú esperándome, mi María; esperando la carta de amorosa despedida que te dejó mi marido y tu amante, quizás en ella te diga lo mucho que ambos te hemos echado de menos...

1 comentario:

mercedes fernández castro dijo...

Precioso!, como siempre no decepcionas! Preciosa historia de amor