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martes, junio 23, 2015

LA TEMPESTAD

Mira por la ventana, está lloviendo a cantaros, son más de las diez de la noche y está sola en la oficina. Mañana tiene que presentar valorada su cuenta de clientes y alguien deberá decidir que no es de baja productividad para que pueda seguir haciendo horas como una esclava por ese miserable sueldo que recibe al mes.
Ha visto pasar por delante de la puerta acristalada, por dos veces, al guarda de seguridad,una de ellas ha hecho ademán de entrar pero no ha podido porque, Carla, ha cerrado por dentro. El segurata se llama Juan: “Juan sin miedo” murmura Carla, como si no tener miedo fuera una proeza, y mantiene con él una relación sexual de alto voltaje, o mantenía, porque Carla está intentando poner distancia, los últimos acontecimientos con Juan le han puesto de cara al abismo y no se puede permitir un paso en falso, no puede perder su trabajo, Carla vive porque Carla quiere vivir, no hay nadie más. Piensa en Juan, mete la llave en el cajón de su mesa y saca el sobre de papel, lo abre y vuelve a mirar lo que hay en su interior, toma con dos dedos una nota que hay entre otras cosas y la vuelve a leer. Sabe que todo aquello la compromete de una manera fragante pero por alguna razón no se ha deshecho de ello, ni de Juan…“cualquier día”, piensa,“cualquier noche”, quizá hoy mismo, que no hay luna y las farolas del paseo del río parece que están desganadas, lo lanzara a las profundidades del cauce para que definitivamente quede atrapado en el fango del fondo.

 Lo mete en el bolso.
Que sea hoy el día.
Ha terminado.

Apaga el ordenador y las luces y simula que se ha ido. Lo ve llegar, pararse delante de la puerta  y observar tras el cristal como se le ha escapado la pieza, lo ve marcharse después de dejarle creer que ella también se ha ido, calcula, y cuando entiende que está fuera de su alcance sale y se va, también, apresuradamente, buscando, enfundada en su gabardina pasada de moda, mimetizarse con las sombras del pasillo. Algún día tiene que pararse a pensar cómo fue la manera en que se ha metido en este lío.

En la calle huele a ozono, la noche se traba en los charcos de la acera, el paseo hasta el río hubiese sido purificador y delicioso si no fuera porque tras el eco de sus pasos hay otro eco y otros pasos, y una respiración que jadea y que,a ratos, la quiere alcanzar, y que otros espera quizá movido por la curiosidad o una extraña suerte de prudencia. Juan esta tras ella.Decide apurar el paso e intentar esquivar  a su perseguidor, de pronto el corazón se le ha desbocado, si el contenido de la bolsa cae en manos de Juan, su vida no vale una mierda, así que sin pensárselo dos veces, abandonándose a sus suerte, voltea la primera esquina  que le sale al  camino y tras dar unos pasos se queda pegada a la pared esperando verle pasar de largo, la oscuridad es total, se acaba de meter en un callejón sin salida.Oye los pasos de juan apurando la acera, empujándola casi con furia, se paran y sin saber cómo, de pronto, de golpe y porrazo, siente su aliento en su cara, y su mano enorme revolviendo dentro de su gabardina.

–¿Qué haces?
–Cállate, zorrita– amenaza Juan, con su cara muy cerca de la suya y tapándole la boca con la mano que le queda libre. – Llevas días dándome largas y a ti te pasa algo. No sé lo que escondes.
Carla no puede apenas moverse, pero la presencia cercana de ese hombre, su voz y su mano que ya se las ha apañado para meterse por debajo de la falda, reavivan en ella ese deseo loco que ha sentido en otras ocasiones por él. Su cuerpo cede y él lo nota. La libera de su mano en la boca para que pueda dejar salir esos gritos secos que acompañan sus orgasmos en lugares semipúblicos. Hoy ha sido en un callejón oscuro.
–¿Por qué me haces esto?
–Porque estás muy buena, joder. Y a mí también me gusta.
–A mí ya no me gusta–miente.
–Yo diría que sí– dice Juan entre risas al tiempo que la abraza.
En el fondo es un romántico. Ella se deja, rezando para que Juan no repare en el contenido del bolsillo de la gabardina, pero, Murphy es Murphy.
–¿Qué llevas aquí que abulta tanto?
–Nada importante.
–Entonces seguro que lo es.
–Te he dicho que no.
–Y yo te he dicho que tú me escondes algo– replica enfadado, mientras ya le está echando mano a la bolsa.
–¡Escúchame! ¡No lo toques! Te lo explicaré todo, pero después de esto tu vida cambiará por completo. Tendrás que decidir si quieres seguir viéndome o no. Incluso si quieres seguir viviendo aquí.
–¿En qué andas metida?
–Si estás preparado…ahora lo sabrás.
–Vamos, muéstramelo.

Está muerta de miedo. Ha comenzado a llover otra vez. En la negrura húmeda de la noche forcejear con Juan es como sentir la necesidad imperiosa de salir volando, tan inútil, ella nunca podrá volar, no está diseñada para eso pero tampoco tiene madera de perdedora. Así que mete la mano en el bolso, entre zarandeos y voces, y amarrada al sobre se pliega sobre sí misma y lo sujeta fuerte contra su regazo hecha un ovillo, tan cerca, tan cerca del suelo. La sirena de la policía ensordece las voces de Juan. Un chorro de luz cae sobre sus cuerpos y alguien que vocea sobre todas las cosas  les impone, a punta de pistola, la quietud y la calma… Cuerpo a tierra, Carla llora y Juan con la cara pegada al suelo debajo de la bota policial, le busca a tientas la mano para amarrarse a ella. Encuentra la mano a tientas, por qué no, y a tientas encontrará otras tempestades.

Texto: Irene Aparici
           Cris Flantains
Foto: Guada_Gijon
           


Fin

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