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martes, septiembre 15, 2015

EL MIEDO DE ANA

   Con la espalda apoyada en la fachada del bar "Buenos Aires" la vio bajar del autobús; desde hacía unos minutos esperaba allí pacientemente jugueteando con las llaves de su Skoda rojo; en la boca el sabor ácido del último vino que acababa de apurar. Entre una niebla sutil el frío invernal arreciaba, gotas de sudor frío empañaban sus sienes y se precipitaban por las incipientes arrugas de su frente. En su rostro, de casi un adolescente, las primeras muecas de hastío estrenaban lo que pronto dejaría de ser una apresurada juventud, como un espejo reflejaban al destino cebándose diabólicamente. Tomó un pitillo que reservaba detrás de la oreja y después de sacar una cerilla del bolso de la cazadora negra la prendió,  con macarrónica precisión, contra la suela de su puntiagudo botín, acercándosela con cautela al rostro aspiró  una bocanada dejando que el humo le envolviera la cara. La tarde se diluía en el elemento de su propia naturaleza.



   El autobús desapareció con torpeza detrás de una cortina gris mientras superaba la empinada cuesta a golpe de acelerón. Solo ella se había bajado en esta parada y, tras los primeros pasos, comenzó a apurar la acera con cierta indecisión, aun no estaba segura de haberle reconocido. Envuelta en su abrigo de paño y abrazada a su bloc andaba con desgana intentando reprimir el contoneo que sus caderas la imponían: era él, ahora ya estaba segura; un revoltijo de temor y de sentimientos mal definidos la revolvió el estomago. Durante un segundo dudó entre proseguir o volverse por donde había venido, el autobús lejos, lejos y entre ella y cualquier dirección un inútil camino. Prosiguió como presa de su sino con los ojos agarrados al 

                 -Hola- dijo él cortándola el paso- ¿vienes del instituto?
                 -Y a ti ¿qué más te da?

Profirió ella en un alarde de valentía mientras reprimía el impulso   humillante de echar a correr. Él  apretaba las llaves del Skoda, ahora en el bolsillo, como si de un amuleto se tratara. El pitillo en la comisura de los labios remataba la mueca burlona, sus ojos brillaban:

                - Pues ya ves, sí me importa, pst, ¿y te aprenden mucho en ese antro?
               -Me enseñan, zoquete
               -No sé, no sé. Enseñar o aprender ¿Por qué no vienes conmigo y me lo explicas? Mira tengo                  ahí  el coche                                                                 
              -Subir a tu coche es peligroso... ya me lo "aprendiste" el otro día
              -Pues no haberte subido nena, que nadie te obligó
              -Venga Víctor, déjame en paz

   Entonces, escupiendo la colilla, la agarró por la cintura apretándola contra él mientras le susurraba al oído cuanto le gustaría volverse a meter entre sus piernas. Su aliento cálido y ebrio la inundó la cara y su olor a garito inmundo la abrasó los sentidos. Paralizada ante los recuerdos de  pocos días antes su cuerpo se puso rígido como el de un cadáver; un frío intenso la agitó de los pies a la cabeza: morir en aquel preciso momento  hubiera sido un alivio.  El miedo sí, ese miedo que la marca el camino con  mano de hierro, que se cierne sobre su cabeza como una sentencia irrevocable  determinando a cada segundo la derrota inmediata, ineludible, con la que al parecer, debe aprender a vivir cada uno de los días de su vida. Otra vez ese miedo cómplice de la fatalidad que como una alcahueta la conduce rápidamente al interior del Skoda rojo.




Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

                                                                  

2 comentarios:

Esther Planelles dijo...

Como poco, estremecedor. El fondo nuboso acompaña a la sensación agobiante del miedo de Ana.

Saludos.

Cristina .Flantains dijo...

graias Esther, por leer y decir. Un abrazo!