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lunes, octubre 19, 2015

POR NORMA

Llega a casa cansada, es un cansancio sustancial casi, ya, una seña de identidad, por eso no importa. Saca una cerveza del frigorífico y se sienta a ver el atardecer en el pequeño jardín de la parte trasera. A su espalda él, desde el saloncito, ha observado, a hurtadillas, su llegada,  lee un libro pegado al gran ventanal… quizá siempre el mismo. Qué importa el azul crepuscular,  el verde infinito de la pradera o el almendro y su alargada sombra, incluso su fingida indiferencia. Qué importan los tobillos inflamados o la piel pegajosa del sudor y la ira del día. Vuelve la brisa al declinar de la tarde, pasa de largo sin rozarlos.


Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

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