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viernes, marzo 06, 2015

EL AMOR, ESE EXTRAÑO ANIMAL

Le cedo, si le parece bien, el sitio al lado de la ventanilla

Cuando ella se subió al  tren yo ya había ocupado mi sitio al lado de la ventanilla:         -¡oh, diostodopoderoso!-, verla por primera vez fue como una alucinación, como un ¡al fin! Si no hubiese sido porque soy un cobarde, en aquel mismo instante me hubiese lanzado a sus brazos  y la hubiese preguntado entre besos y más besos "por qué había tardado tanto", sintiéndome, seguramente, como en casa. ¿Qué puede hacer un hombre como yo cuando tienen la certeza de que la mujer de su vida está delante suyo? aunque no la conozca de nada, certeza que me asaltó al instante mismo de verla enfrentarse al largo pasillo enmoquetado buscando su asiento e hizo que se me contrajeran todas las vísceras del cuerpo en una suerte de descolocamiento que me produjo un profundo malestar físico, casi una nausea. Con impaciencia crucé los dedos y rogué  para que ocupase un asiento delante del mío, en algún lugar que me permitiera observarla con detenimiento mientras meditaba como proceder, que se sentara a mi lado fue un golpe de suerte inesperado.