Seguidores

Translate

lunes, abril 13, 2015

LA OSCURA NOCHE DE SARA.

... en un sin fin de colores otoñales y de formas

   La mañana comparecía húmeda y ventosa. Era el estreno de un otoño inminente que se colaba por las ventanas entreabiertas de la casa de Sara, recorriendo los rincones, tiñéndolo todo de gris, golpeando las puertas con fantasmagórica vitalidad. Sara no estaba ajena a estos cambios atmosféricos ante los que sucumbía sin apenas resistencia. Iba, aquella mañana y como todos los días, de un sitio para otro de la casa limpiando y ordenando lo que ella misma había desordenado o ensuciado el día anterior, la semana anterior, el mes anterior. Inmersa en un vagabundeo metódico recorría las habitaciones de su piso con la mopa en una mano y la bayeta del polvo en la otra. Desde la radio, olvidada en cualquier sitio, sonó la señal horaria que indicaba las 12 y así terminó su tarea matutina: recogió su equipo de limpieza, buscó el aparato y después de desconectarlo se dirigió a la cocina. Al entrar, un fuerte olor a líquido limpiador le lleno la nariz. En la penumbra se destacaba algún destello vigoroso sobre la piedra de la encimera; de la penumbra, que era la tónica luminosa diaria de la casa, surgían las sombras con las que Sara vivía y vagabundeaba por los confines de su imaginación; y en la penumbra se hacían fuertes acompañándola en aquel silencio solitario en el que se mecía, olvidada y perdida en un charco premeditado de angustias, rabia y tristeza del que no intentaba escapar, encerrada allí, lejos de la manada, como una loba vieja.

Envolvió los bocadillos y los metió en la maleta con el resto de las cosas, luego se dispuso a almorzar. Mientras comía, sus ojos arrastraban la dura mirada sobre la superficie de una carta que había recibido la mañana anterior. Dentro, en un papel rallado y de esforzada caligrafía, en cuatro líneas le comunicaban la muerte del abuelo y la fecha del funeral. Ni alegría ni tristeza, solo nostalgia, así se había quedado al leerla y después una avalancha de preparativos había paralizado su pensamiento. En definitiva: tendría que ir.

Se aseó sin apenas mirarse al espejo y se vistió cómoda y dignamente pensando en el difunto. La idea de reencontrarse con Marisa le revolvía la cabeza haciéndole sentir la necesidad de situarse a la altura de las circunstancias, de desviar de su cara aquella mueca dolorosa que se le había instalado concluyente. Sobreponiéndose al hecho triste de encontrarse con su imagen en el espejo tomó el cepillo del pelo y se enfrentó con su rostro, mirando sin apenas ver se atusó aquí y allá recogiendo el cabello y sacudiéndose los hombros mecánicamente mientras sus ojos esquivaban sus ojos para evitar al rayo de hielo, la descarga eléctrica, el martillazo cruel que le supone su propia mirada. Así estaban las cosas entre Sara y Sara; solo el hecho de no tener testigos la salvaba día a día de su loca realidad. Después de echar un último vistazo para comprobar que todo estaba en orden cerró la maleta que dócilmente acogía lo que, por fuerza mayor, era imprescindible para un fin de semana triste.

Tras ponerse el abrigo abrió el cajón de la cómoda y de entre la ropa sacó un sobre amarillo con unos cuantos billetes de banco dentro, hizo con ellos dos montones idénticos, uno lo guardó en el bolso de mano y otro lo envolvió cuidadosamente en un pañuelo que luego metió en el bolsillo de su blusa. Tomó el equipaje. Sin demasiada prisa cerró, tras de sí, la puerta con enérgica eficacia. Le pareció que salir de viaje le venía bien a su autoestima, aunque fuera a un funeral; dejar su casa tan libre de irse o quedarse la estimulaba, lanzarse escaleras abajo maleta en mano era fantástico, se preguntaba por qué no lo hacía más a menudo, sin querer caer en la cuenta del porqué, obviando que quizás, no siempre tenía a donde ir. Asumió un aire teatral y digno, con el deseo incontenible de sentirse observada; sin dificultad su loca mente transformó las vulgares escaleras del primer piso de la calle Pozuelos en unas marmóreas escaleras de caracol sobre las que colgaba una brillante y enorme lámpara de roca. Abajo, en vez del oscuro y húmedo portal de todos los días, había un espléndido vestíbulo lleno de hombres y mujeres elegantes que la aplaudían encantados de verla descender mientras ella, con aire regio, descendía con una sonrisa encantadora dando las gracias a diestro y siniestro a golpes de mentón. La autoestima de Sara se basaba en el eco ponzoñoso de instantes locos como aquel, que la hacían quererse como nadie la había querido, ni siquiera Manolo: Manolo que la había dejado sola y triste; sola y perdida; triste y hundida. Aquello era uno de esos momentos, un lapso de amor profundo que viviría por sí mismo durante algunas horas.

En la calle el aire revoltoso seguía levantando los últimos posos que el verano había acomodado en los rincones. A lo lejos Sara divisó un taxi, agitando las manos le indicó donde debía parar, al tiempo que recordaba como se había dejado olvidado el billete de tren (en otro sobre), en el cajón de la cómoda. Fuertemente contrariada y después de hacerle al taxi un sinfín de esperpénticas muecas para indicarle que debía esperar, se lanzó escaleras arriba, ahora sin ecos de gloria, simplemente maldiciéndose por su mala cabeza. Sofocada, sudorosa y cargada con el equipaje, abrió la puerta con furia volviendo directamente a la cómoda, posó los bultos y buscó el billete, saliendo de la casa inmediatamente. Una vez fuera se dio cuenta de que se había dejado la maleta dentro. Abrió la puerta indignada, entró, la tomó y a trompicones volvió a salir dando un portazo, como alma que lleva el diablo, haciendo añicos su sueño de cristal.

Llegó a la estación muy enfadada. Se había precipitado un poco y como aún le quedaba tiempo de sobra decidió tomar un café. El receptáculo del bar era una urna acristalada desde donde se podía ver la estación completamente: a la izquierda la ciudad ignoraba la tupida red que el tiempo y el espacio ofrecían a sus humanas víctimas; a la derecha el día se explayaba luminoso sobre los raíles que fuera de la marquesina se ofrecían a los caprichos meteorológicos. El corazón de la estación latía en cada detalle ferroviario, aun en el más insignificante, y la magia bruja del viaje y del viajero envolvían a Sara, absorta en su amargo café, amarrada a la esperanza de que aquello la arrastrara a ella también haciéndola saltar a otra dimensión. En el andén, un ritmo muy premeditado mostraba sin previo aviso sus bulliciosas algarabías con la llegada y partida de los cercanías. Sara desde la barra del bar miraba maravillada a la gente que aparecía y desaparecía, con sus interesantes vidas seductoras y deseables, con sus historias siempre intrigantes, hechizada, sencillamente fascinada.

Cautivada por aquel ambiente tan ajeno a ella, apuró el café ya frío mientras sus ojos repararon casualmente en un enorme reloj: ¡eran las dos en punto, la hora de salida de su tren, ella ya debía estar sentada en su asiento, con el abrigo doblado y la maleta colocada. ¡La máquina debía de estar a punto de echar a andar! Rápidamente buscó la pantalla de horarios y vio anunciada la salida inminente. Le entró pánico, un pánico desmedido y enfermizo, un pánico descarnado, demasiado entrenado y acostumbrado a darse rienda suelta, un pánico caprichoso e indisciplinado, hijo digno del miedo y la intolerancia. Lanzó la taza por los aires y con un nudo en la garganta se precipitó ciega hacia el andén; la carrera era como una contrarreloj de obstáculos: Subir y bajar escalera, atravesar puertas eléctricas y voltear agudas esquinas... El tren ya alertado la esperaba, pero ella inmersa en su torbellino tropezaba, caía, y se levantaba dolorida ayudada por quien fuera, mientras murmuraba: "¡Qué me esperen, qué me esperen!... Ya en el andén entró por la primera puerta que vio abierta; cuando el silbato sonó, aquella enorme mole metálica de ángulos desdibujados comenzó su marcha muy despacio. Sara apoyada en la pared intentó recobrar el resuello, los pulmones le ardían y le escocían las rodillas. Dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas intentando deshacer el nudo que en la garganta apenas sí le dejaba respirar. De pronto, la idea de que aquel podría no ser su tren la aterrorizó aun más: ¡No había tenido la precaución de asegurarse! ¿O sí? ¡No lo sabía! ¡Tendría que saltar! ¡Gritar! ¡Correr a la cabina del maquinista y obligarle a parar!

-Me deja ver su billete por favor -

Sin poder articular una palabra rebuscó en su bolso mientras se limpiaba las lágrimas con el antebrazo y se sorbía los mocos. Un hombre tranquilo le perforó el billete con una sonrisa amable y luego paciente, como quien acompaña a un niño al retrete, la acomodó en su asiento para finalmente, dejarla sola deseándole un feliz viaje.

Allí estaba, rodeada de indiferentes desconocidos. Lentamente comenzó a tomar conciencia de lo que había ocurrido y se sintió ridícula y abandonada. El calor del aire acondicionado y la vergüenza le hacían sudar; se inspeccionó las rodillas: raspadas no más, lo único el escozor. Notó como la blusa se le empezaba a pegar a la piel húmeda, lentamente se quitó el abrigo y pensó en Marisa: Marisa inteligente, Marisa bonita, Marisa feliz; subiría al tren desenfadada, despreocupada, intentando hacerle creer con su actitud displicente que no se regodeaba en su desgracia y, lo cierto, es que no se regodeaba... Subiría al tren, dentro de tres cuartos de hora aproximadamente, con su voz aterciopelada le aseguraría que se alegraba de verla y seguro que se alegraba. Sumergida en estos pensamientos poco a poco fue superando la vergüenza que había sentido cuando entró en el vagón. Recuperada la dignidad se acomodó en el asiento y llenó los pulmones de aire, haciendo que se alzara su ampuloso pecho, mientras una vez más recurría al recuerdo de Manolo y, en clave de odio, se los redondeó discretamente con sus pequeñas manos mientras, con su trastornada imaginación, evocaba a aquella mujer, que había visto en algún libro escolar, con los senos al aire que sujetaba una bandera en nombre de la libertad con la cara pletórica de candidez y heroísmo puro... Le resultaba a Sara tan fácil hacer aquellos momentos ajenos suyos.

El paisaje transcurría verde y frondoso, sin lejanías, concretando a cada golpe de vista unos y otros elementos naturales en un sin fin de colores otoñales y de formas. Sara los reconocía en cada recoveco, sus ojos se deslizaban con las aguas del Sil que como un niño caprichoso revolvía entre las faldas de las colinas siempre verdes. Se presentía el aire en las copas de los árboles y, arrancado de sus recuerdos infantiles, le vino a los oídos el murmullo vivificador de la corriente del río que le transportaron junto al abuelo ahora muerto y a su cara picorosa siempre mal rasurada. Sara se puso nostálgica reprobándose, entre tantas cosas, no haberle ido a visitar más a menudo en los últimos tiempos: " El abuelo y Manolo se llevaban bien, el abuelo y Manolo se comprendían, en el fondo, estaba segura, el abuelo le reprochaba aquel fracasado matrimonio". Sara había querido mucho a Manolo y aún le seguía queriendo con su amor trastocado, sometido, humillado; bajo este sentimiento gris poco a poco se fue quedando vacía y perdida en un abismo vertiginoso de sentimientos maltratados. Al momento se quedó adormilada con el mecedor movimiento del tren, con sus pequeñas tristezas y sus incómodos rencores a flor de piel. Al cabo de varios minutos chasqueó la lengua y sé reacomodó en el asiento. Sentía ganas de orinar, la pereza de buscar los servicios y el asunto de dejar la maleta sola a merced de cualquier ladronzuelo le hizo aguantar un poco más; había perdido la noción del tiempo y no sabía muy bien en que lugar del trayecto se encontraba: " Si la en la próxima estación se subiera Marisa". Y se puso a pensar otra vez en ella, con las piernas apretadas y la respiración entrecortada. "Quizá haya engordado y ahora esté como una foca, a lo mejor se le ha olvidado depilarse el mostacho, quizá ha ido a la peluquería a hacerse una permanente y se le han abrasado las puntas". Se levantó resignada a tener que ir al servicio sin la vigilancia de Marisa. Agarró su bolso y luego, en un arrebato de tontera, tomó el abrigo también, mirando recelosa y resignada al resto de los pasajeros, intentando descubrir de antemano al presunto ladrón.

No tardó en encontrarlo: abrió y entró con dificultad por aquel estrecho hueco, a duras penas pudo cerrar la puerta con una mano mientras con la otra apartaba el abrigo de todos los sitios para no rozar en ninguna parte. Aquel receptáculo le parecía a Sara el colmo de la ridiculez. Sujetando circense mente el abrigo entre el pecho y el mentón y con el bolso colgado en el brazo, se subió la falda, se bajo la faja, las medias y la braga al tiempo que con una mano asía la ropa para no rozar el inodoro; de reojo intentaba calcular las distancias a retaguardia para evitar las molestas salpicaduras, mientras la tapa de la taza azotaba sus nalgas rítmicamente, al son del traqueteo, aquello terminó por arrasar su humor.

Marisa por fin subió al tren, su melena roja recogida en una coleta floja se desparramaba por la espalda contrastando con el gris de su abrigo de paño. Estaba guapa. Al verla calló en la cuenta de ese extraño sentimiento que es el cariño. Redescubrió su mirada tierna, su sonrisa fácil, y del fondo abismal de sus pupilas negras dejó rodar hasta los labios de Marisa su solitaria pena. Charlaron y charlaron mientras Sara indagaba en sus muecas buscando algún deje cómplice que le consolara de su silencio, de su soledad.

- ¿Qué tal estas Sara, querida?

- Ya sabes Marisa ¿qué más puedo contarte

- ¿Le has vuelto a ver?

- No ¿y tú? Vivís en la misma ciudad ¿no te lo has encontrado alguna vez?

De los ojos brillantes de Sara salía un grito desesperado y violento.

- Cuándo pase todo esto del abuelo podías venirte unos días conmigo, a mi casa ¿eh?

- Contéstame Marisa ¿le has visto?

- ¿Qué más da? ¿Qué importancia puede tener? Sí, sí, alguna vez le he visto.

Un espeso silencio mientras Sara revolvía entre sus dedos, incansablemente, un hilo que se había arrancado de la falda.

- ¿Cómo está?

- Bien, él está bien.

- ¡Bien, bien. Pues ¡vaya cosa que me dices!

- Perdona Sara. No sé que decirte.

- Dejémoslo, sí, dejémoslo. ¿Quieres un bocadillo? Tómate este bocadillo, está bueno, los he hecho yo.

Detrás, otro silencio. Sara batía innecesariamente en su bolso buscando los bocadillos, su alocada alma se divertía diabólicamente al descubrir un brillo de incomprensión en los ojos de Marisa. Al fin, los sacó tendiéndole uno a Marisa, mientras confirmaba en su cara, con satisfacción, una mueca de disgusto:

- Venga mujer, no vamos a llegar allí y pedir que nos den la cena. Como para cenas estará el ambiente.

- Esta bien, iré al bar por un par de cervezas ¿te parece?

- Muy bien, te espero para empezar juntas.

Mientras Marisa estuvo ausente su desánimo descansó en aquellos breves momentos de soledad, ya fuera de control ante las breves noticias sobre Manolo, aturdida por sospechas de posibles conversaciones, miradas, sonrisas, palabras que ya no eran para ella y que no quería que fueran para nadie: Manolo solo en una isla desierta, preso en la luna, condenado en el fondo del mar..., por no quererla, por renunciar a tenerla, a comprenderla, a amarla como solo ella debería saber que Manolo podía amar. Comieron los bocadillos mansamente, apenas sin hablarse; Marisa expectante por saber por qué derroteros iba a continuar aquel viaje, deseando que acabara ya; Sara embebida en sus incertidumbres, en su dolor, en su rencor.

- Marisa- dijo de pronto mientras masticaba- perdóname lo de antes, no me encuentro bien, tu ya sabes.

- No te preocupes, lo entiendo perfectamente, pero todavía no me has contestado ¿vendrás conmigo unos días?

- Déjame pensarlo ¿de acuerdo?

- Te vendría bien romper con tu rutina, recordaríamos viejos tiempos y haríamos algunas cosas juntas

Y Sara comenzó a dejarse arrastrar por la placidez que le proporcionaba el jugoso bocadillo de tortilla y la cerveza. Absorta en no sé qué pensamientos, divagaba por los confines de la razón, lejos de Marisa, de aquel tren, y del recuerdo del abuelo.

- ¿Todavía fumas?- Le interrumpió Marisa agitándole levemente por el brazo.

- De vez en cuando- murmuró ella mientras volvía la mirada y se limpiaba con el dorso de la mano el mentón engrasado.

- Pues echemos un cigarro ¿te parece bien?

- Estupendamente pero tendremos que salir a la plataforma, estamos en área de no fumadores.

- Pues vamos.

Se levantaron y salieron. La espalda de Marisa sé interponía entre ella y la plataforma con insolente tranquilidad mientras avanzaba lentamente. Sintió odio hacia ella: tan inocente, tan simple como un bebe, apretó los puños en un esfuerzo por contener la rabiosa envidia y la miró a la nuca con desafiantes ojos, era ahora sin duda, algún maquiavélico personaje de esos que de pronto surgían de su imaginación. Cuando Marisa llegó a la puerta del vagón al darse la vuelta descubrió la tremenda mirada:

- ¿Te ocurre algo Sara?

- No, no.

Contestó ella con falsedad arropándose en una cálida sonrisa, pero aquella calidez no transcendió de sus labios, puesto que, su alma ya no era accesible ni para ella misma. Marisa sin comprender nada salió a la plataforma. La puerta exterior estaba abierta y el ruido era intenso. El aire golpeaba lo más inmediato con tanta violencia que casi se podía ver. A Sara le pareció estar en el centro de su propia razón. Marisa le dijo algo que no pudo oír y girándose hacia la puerta abierta la asió con las dos manos empujándola para cerrarla. En la cara de Sara seguía esa estúpida sonrisa, se acercó a Marisa con la intención de ayudarla pero, en el último momento, cambió de idea y agarrándole por los hombros le empujo poderosamente al vacío. A pesar del ruido intenso un grito de horror le atravesó los sentidos. Apoyada en la pared no supo de donde había salido aquel lamento. Cerró los ojos y se tapó, los oídos, abrumada:

"Calla, calla y escucha como corre el tren por la vía muerta, muerta y fría y pegada a la fría tierra. Calla y escucha su sonido metálico y estridente, su sonido de primitivo progreso, de tosco porvenir. Calla y escucha como la casualidad galopa detrás de él divertidamente loca, como una niña centenaria, batiendo despreocupada los brazos al viento, mientras corre en pos de este metálico artefacto. Calla y escucha. No se oye nada, solo el tren con su suspiro salvaje. Calla y escucha. Por favor. Calla y escucha lo que el tren no nos deja ver. Nosotras detrás de sus lindes, muertas y vivas, saludando al viajero desde el andén de cada estación, al viajero que se deja transportar lleno de su propia vida ignorando todo lo demás. Calla y escucha. No tiene corazón no es más que un artilugio, no puede respirar, ni vernos, ni siquiera tocarnos. Sólo puede correr por esta vía: muerta y fría".

Intentó recordar la imagen de Marisa, pero fue incapaz de recuperar para su memoria las facciones de su cara. Al momento se había quedado tan vacía de todo y luego, retomando el hilo de su vida, se preguntó cuanto faltaría para llegar a la estación en la que Marisa habría de subirse al tren. Se sentía tan aburrida ella sola, deshorientada... Despacio se volvió al asiento, los ojos pegados al suelo y las mandíbulas apretadas. Un vago presentimiento le empezó a rondar la cabeza, se sintió inspirada. Sentada ya y arrullada por el traqueteo de su magnifico cómplice, cerró los ojos y se dejó mecer por aquella sensación genial y vivificadora.


FIN