VERSOS EN SOMOZA

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lunes, diciembre 16, 2019


Samuel encontró su sitio... no podía ser de otra manera.





Samuel Pound llega a casa cansado después de una larga jornada de trabajo. Amarradito como a clavo ardiendo a la ceremonia de sus cosas, antes de abrir la puerta del piso, se quita las botas y entra descalzo. Sin encender la luz del pasillo se dirige a su cuarto y las coloca allí, luego se va al cuarto de baño se pega una ducha y se afeita e, inmediatamente después, cena en la cocina silenciosa y vorazmente. Aunque es Noche Buena su vieja madre y él hace mucho que no celebran nada. Una vez limpio su corpachón y satisfecho el apetito, la sensación tediosa del día amaina y toma un nuevo rumbo envuelto en el amoroso abrazo que le proporciona la tela gastada del pijama. Antes de recoger los platos de la cena, mientras enreda con un mondadientes en la boca, estira las piernas y disfruta de la sensación placentera que da el no tener nada más que hacer. Después se va a la salita. A Samuel Pound le gusta estar bien informado, por eso los noticiarios son sus programas favoritos, los escucha con atención y con los datos que entresaca de tanta palabrería, traza sus propias conclusiones y medita sobre ellas.
            A las diez, el reloj de cuco de la vecina da su señal horaria, lo hace con pulcritud en diez cucu que caen en obediente abandono por la espiral que marcan las astas del reloj: pasa el tiempo, imperturbable, con la fantasmagórica contundencia de  una onda sísmica. Samuel Pound bosteza, baja un poco el volumen del aparato y estirando un brazo abre el cajón de la cómoda y saca una caja de cartón que está llena de cosas inútiles, recuerdos entre los que hay un recorte de periódico doblado. Tras tomarlo lo desdobla mientras en su cara se empieza a dibujar una sonrisa y en sus ojos se vislumbra, una luz que recuerda la luz de una lámpara de gas inmersa en un paisaje boscoso, en una noche de invierno, tal vez Noche Buena como hoy, a la hora en que la niebla se posa sobre los caminos estrechos que trazan con sus  patitas cortas las alimañas subiendo o bajando de los abrevaderos. Y vuelve a leer el anuncio recortado de la sección de contactos:
“Teresa, 29 años, Madrid. Me gusta ir al cine, dar largos paseos bajo las estrellas o a la luz de la luna, pero no me gusta hacerlo sola: llámame.”
En el momento que lo saca de la caja parece un recorte de periódico, nada más, sin embargo, entre sus dedos, traduce levemente el latido de su pulso. Ha empezado a nevar.Teresa, 29 años. Entrecierra los ojos y es capaz de imaginarla sin dificultad, la habitación en penumbra se llena de Teresa, la ve con su faldita recta por encima de la rodilla y una chaqueta azul celeste colgada en el brazo, esperándole en la esquina de la placita a primera hora de la tarde. La ve sonreír al verle en la lejanía de la calle, mientras apura la acera presuroso porque llega tarde.
Acaricia el anuncio con la yema de los dedos, ladea un poco la cabeza suspirando:

¾Mañana sin falta la llamo por teléfono y planeamos de una vez nuestra primera cita.

Del mismo cajón de la cómoda saca un paquete de tabaco y enciende un cigarrillo, se levanta a abrir la ventana un poquito, no se desvía de allí mientras fuma para favorecer que el humo salga. Sigue nevando, pronto las campanas de la catedral convocaran a Misa de Gallo. Cuando esté con Teresa estas fechas serán otra cosa. Al hilo de este humo sinuoso y posiblemente en la voluptuosidad de esta curva que describe mientras asciende vuelve a ver a Teresa. Ya están caminando juntos y en su costado percibe la cercanía del cuerpo, el pecho casi apoyado en su brazo, las caderas que se rozan rítmicamente, ella habla despreocupada preguntándole como le ha ido el día, él observa cómo mueve los labio mientras le comunica sus pensamientos, como la comisura sonríe y finaliza en una arruguilla que en el futuro hará definitivo el gesto. Y de pronto la besa en la mejilla sin parar de andar y un vientecillo le agita los cabellos entre velando su nuca, cuando en una mueca risueña celebra el  tierno beso.
Da una profunda y última  calada. Mira al reloj. Tras apagar el cigarrillo vuelve a pensar que ya no son horas de llamar a nadie. En la televisión alguien está hablando de cómo celebran la navidad en un asilo, mientras Samuel se reprocha por qué siempre se decide a llamar a Teresa en el momento menos adecuado.
            ¾Mañana sin falta la llamo, aprovechando que es Navidad, será un bonito detalle felicitarle las Fiestas.

Se vuelve a sentar en el sofá, toma el mando a distancia y busca más noticieros pero ya en los canales internacionales. Aunque no entiende nada le gustan sobre todo los franceses, le suena bien la dicción y se concentra en la exposición que está haciendo una mujer, el tono, la musicalidad del idioma, la homogeneidad de la puesta en escena hacen que su ensoñación reviva con nuevos bríos: Van hacia el cine Avenida, Teresa y él, ahora la lleva agarrada de la cintura, le gusta el contacto con ese pedacito de carne que debajo de la blusa se pronuncia sobre la falda y le gusta sentir como se describe el camino en el movimiento de la cadera, y como se relata ahí minuto a minuto la meteorología de sus días.
            Mira al teléfono de reojo. Toma el papelito para devolverlo a la caja y lo relee otra vez. Si cuando empezó todo esto la hubiese llamado, quizá ahora podría estar con ella aquí, sentada a su lado en el sofá. Sería una novedad interesante no pasar unas navidades solo. Y Samuel se mueve ligeramente para hacerle un sitio, pasa la mano por el respaldo y la acaricia la nuca, ella le pide que la suelte, su contacto no la deja laborear con soltura un pañito a punto de cruz que está cosiendo. El piso no está mal, piensa él, con una mano de pintura y algunos muebles más iría sobrado para dos enamorados, y quién sabe si en un momento dado, si Teresa, 29 año, trabajase, podrían comprarlo. Por cierto, tendrían hijos ¿verdad? Relee: Teresa, 29 años. Sí, aún podrían tener críos.

¾Mañana sin falta la llamo, todas estas cosas ¡no las puedo decidir yo solo!

 Estira el papel de periódico suavemente. Con la uña desdobla una esquina que se ha arrugado y frunce el ceño: la decisión es determinante y los hijos por lo menos dos. Dando vueltas a este asunto va a la cocina  a tomarse un vaso de leche antes de ir a la cama. Tener hijos implica responsabilidad, lo sabe, y Teresa, de 29 años, de Madrid vuelve a estar ahí también, ha venido detrás de él a poner unas lentejas a remojo para la comida de mañana ¡qué se la había olvidado! dice. También dice, mientras deja caer un puñado de legumbres dentro de un cuenco, que tiene las piernas cargadas y luego, tras un silencio, le pregunta si la quiere y cuánto. Samule Pound la coge de la cintura para estrecharla contra su pecho demostrándole que sí, y en la refriega amorosa se cae el vaso al suelo y se rompe en mil pedazos. Están torpes, Teresa ya tiene una barriga considerable, aproximadamente en dos meses dará a luz, su primer hijo.
¾¡Samuel, qué haces, vete ya para la cama y deja de hacer ruido!

La madre de Samuel vocifera desde su habitación, es una anciana de muy mal genio  que lidia con sombras que Samuel no entiende:

¾Lo siento madre, ya recojo y me acuesto
¾¡Samuel! ¡Ya está bien! Apaga la luz y metete en la cama
Se va para su habitación directo antes de que una tormenta de voces y reproches rompa sobre su cabeza, en realidad debería haber pasado por el baño para orinar y lavarse los dientes, pero no se atreve, esperará a que se duerma y luego, con mucho, sigilo acabará de hacer lo que le queda pendiente. Y al acostarse, repasa mentalmente el número de teléfono que acaba de leer en el anuncio. Toma la almohada y la pone vertical a su lado,  abrazandola amorosamente:

¾¡Samuel! ¡¿Apagaste todas las luces?! ¾Grita la vieja desde la otra habitación
¾¿Apagaste todas las luces Teresa?
¾Sí Samuel
¾¡Sí mama!
¾Hasta mañana mi vida¾ es el hombre más feliz del mundo aunque solo sea por esta vez y Teresa 29 años, de Madrid se duerme también feliz acurrucada entre sus brazos.

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