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jueves, diciembre 03, 2015

Y OYÓ LA VOZ DEL SEÑOR QUE DECÍA ...

Nunca pensé que estar parado estigmatizara, ya no solo estoy parada, también soy una vaga, una puta potencial, una jeta que no quiere más que esos cuatrocientos euros  y, además, no sé optimizar mis propios recursos: “antes me ponía yo a fregar escaleras de rodillas que verme en la situación que estás tú”. Qué triste. Mientras camino acera delante miro la fecha de la próxima vez: tres meses más. Al principio pensaba “a ver si no vuelvo” pero ahora ya me da igual, estoy sometida.

-¿es que no hay un sitio para mí en este maldito mundo?  


... “- Búscalo, zorra, y deja de llorar.”


martes, noviembre 24, 2015

AMOR A PRIMERA BESTIA



 Bonita, así de sencillo. Además, los ojos atemorizados la ungen con un encanto inusual: el sur y el este son su secreto, tan lejos, tan pequeña, tan hembra.

“Ven”

 La llamo y su aullido me destroza los tímpanos, pero se acerca con paso sinuoso bajo la consigna rallada de las doce campanadas.  Era  pura necesidad.

Me pesan sus manos asustadas. Y la bestia inmunda que se refocila entre sus piernas.

Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

martes, noviembre 17, 2015

LA HUIDA


Llegó a la gran avenida con un poco de ventaja. La Sibila le dijo que no tendría problemas para encontrar la puerta y le dio una llave: la tiza. Empezó a empujar el asfalto caliente con sus piececillos de muñeca de porcelana. Alerta, agotada como un animal salvaje,  y al fin lo vio; el esquinazo, imponente, incrustado en la moderna ciudad, la esperaba.  Sintió sobre su nuca el aliento de su perseguidor. El cielo azul y lejano. Deseó llegar con todas  sus fuerzas. Empuñó la llave y de un trazo contundente pintó la puerta.  Oyó como alguien ladraba su nombre. – Son, no te dejaré marchar-  Aterrada, embistió aquella esquina con una puerta dibujada. Lo último que vio, a contra luz, fue  las húmedas fauces de su adversario.

Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

lunes, noviembre 09, 2015

Y LOS SUEÑOS...



Veamos, dijo Marieta, tumbada boca arriba: ¡Una!, pasa y quédate ahí; ¡dos!, noooooo, tú eres la cinco,  dos salió del rebaño royendo una brizna de hierba ; ¡tres! , estaba entre las primeras, con cara  cansada pero feliz, “qué nos traes aquí tres… preciosa corderilla, ya la pondremos número: tres que sois dos. ¡Cuatro!

El rebaño  amarrado a un errático murmullo bovino, observa a Marieta.

Dan las cinco en el reloj de la iglesia.

Cuatro no aparece…  ¿cuatro o catorce? Veinticuatro. Beeeeeee. Uf, esta no me suena de nada. ¿ eres tú? Beeeeeeeeee. Pasa anda.

Dan las siete en el reloj de la iglesia.

Lunática ya no juega con los hilos retorcidos de las cortinas que Mimi va sacando con sus uñas cuando trepaba por ellas. Marieta se despereza, el gesto preocupado… la veinticuatro vuelve a faltar.




Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

lunes, octubre 19, 2015

POR NORMA

Llega a casa cansada, es un cansancio sustancial casi, ya, una seña de identidad, por eso no importa. Saca una cerveza del frigorífico y se sienta a ver el atardecer en el pequeño jardín de la parte trasera. A su espalda él, desde el saloncito, ha observado, a hurtadillas, su llegada,  lee un libro pegado al gran ventanal… quizá siempre el mismo. Qué importa el azul crepuscular,  el verde infinito de la pradera o el almendro y su alargada sombra, incluso su fingida indiferencia. Qué importan los tobillos inflamados o la piel pegajosa del sudor y la ira del día. Vuelve la brisa al declinar de la tarde, pasa de largo sin rozarlos.


Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

martes, octubre 13, 2015

SIN RUMBO

Suena mi móvil y oigo su voz como encerrada en un armario preguntándome dónde estoy, contesto que Norte, veintisiete grados, ocho minutos, diez segundos con veintiún centésimas, Oeste; le veo sonreír por el agujerito de voz del teléfono mientras leo en sus labios húmedos cómo me pregunta que si voy a tardar mucho; si yo fuera un pájaro me dolerían las alas cada vez que me pregunta eso. La camarera rubia barre, de la orilla de la barra, servilletas grasientas, palillos, colillas, trozos de cristal y otras inmundicias con un cepillo asqueroso. Aprovecho su proximidad para olisquearla un poco… Podría ser como un perro, bueno, en mi caso como una perra, para olfatear rastros sin dificultad y perseguirlos, si me viniese en gana, hasta el mismísimo infierno.

Fotografía: Guada_Gijon 
Relato: Cristina Flantains

martes, septiembre 15, 2015

EL MIEDO DE ANA

   Con la espalda apoyada en la fachada del bar "Buenos Aires" la vio bajar del autobús; desde hacía unos minutos esperaba allí pacientemente jugueteando con las llaves de su Skoda rojo; en la boca el sabor ácido del último vino que acababa de apurar. Entre una niebla sutil el frío invernal arreciaba, gotas de sudor frío empañaban sus sienes y se precipitaban por las incipientes arrugas de su frente. En su rostro, de casi un adolescente, las primeras muecas de hastío estrenaban lo que pronto dejaría de ser una apresurada juventud, como un espejo reflejaban al destino cebándose diabólicamente. Tomó un pitillo que reservaba detrás de la oreja y después de sacar una cerilla del bolso de la cazadora negra la prendió,  con macarrónica precisión, contra la suela de su puntiagudo botín, acercándosela con cautela al rostro aspiró  una bocanada dejando que el humo le envolviera la cara. La tarde se diluía en el elemento de su propia naturaleza.

sábado, agosto 22, 2015

NADA


“¡Baja!” gritaba desde la calle una y otra vez “¡Bajas o no bajas! ¡Pero qué coño haces desgraciada!” “Bajo ya pero cállate por Dios” murmuré desde algún  lugar recóndito de mi exigua conciencia sin esforzarme por hacerla oír, sin ni siquiera  mover los labios. No era pereza lo que me impedía abrir los ojos y salir de la cama sino una resaca salvaje, así que haciendo acopio de fuerzas y sin apenas mover los párpados me senté y después muy lentamente, fui hasta la ventana para hacer una señal y que se callara de una vez por todas. “Vístete guarra, y baja de una puta vez”. La vi de refilón, bajo el sol estrepitoso del día mas luminosos del verano, allí estaba en jarras, con las piernas abiertas y la cara gorda y colorada vuelta hacia arriba, con la expresión desagradable de vieja puta.. Era medio día y hacía calor.

martes, junio 23, 2015

LA TEMPESTAD

Mira por la ventana, está lloviendo a cantaros, son más de las diez de la noche y está sola en la oficina. Mañana tiene que presentar valorada su cuenta de clientes y alguien deberá decidir que no es de baja productividad para que pueda seguir haciendo horas como una esclava por ese miserable sueldo que recibe al mes.

domingo, mayo 31, 2015

EL VIAJE INTERMINABLE


A M.G, con todo el cariño que puede caber en un instante. 
Ser cómplice de ese momento de  transito eterno es una cuestión de calidad,  señora  Marquesa. 
El instante nos merece sobre todas las cosas. 
Ojalá sea eterno y nos encontremos en un sin fin de jardines y a pleno sol.

El viaje interminable

 Un momento de tránsito eterno, eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse, sobre la realidad inocua, el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a M.G. estaba en su cuarto haciendo las maletas: por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando, con claridad meridiana, hacia el oeste.

lunes, mayo 04, 2015

TRES DÍAS DEL ÍNTIMO DIARIO

21 de octubre del 2000 
Cuando he bajado del tren esta tarde, solo con poner los pies en el anden y recorrer con la mirada la pequeña estación, los temores han desaparecido detrás de esa cortina pacífica que son mis recuerdos y que especialmente hoy, desde primera hora del día, se habían agolpado dentro de mi corazón, perdidos, como si fueran personajes de Dickens: tristes, tristes y pobres, pobres.

lunes, abril 13, 2015

LA OSCURA NOCHE DE SARA.

... en un sin fin de colores otoñales y de formas

   La mañana comparecía húmeda y ventosa. Era el estreno de un otoño inminente que se colaba por las ventanas entreabiertas de la casa de Sara, recorriendo los rincones, tiñéndolo todo de gris, golpeando las puertas con fantasmagórica vitalidad. Sara no estaba ajena a estos cambios atmosféricos ante los que sucumbía sin apenas resistencia. Iba, aquella mañana y como todos los días, de un sitio para otro de la casa limpiando y ordenando lo que ella misma había desordenado o ensuciado el día anterior, la semana anterior, el mes anterior. Inmersa en un vagabundeo metódico recorría las habitaciones de su piso con la mopa en una mano y la bayeta del polvo en la otra. Desde la radio, olvidada en cualquier sitio, sonó la señal horaria que indicaba las 12 y así terminó su tarea matutina: recogió su equipo de limpieza, buscó el aparato y después de desconectarlo se dirigió a la cocina. Al entrar, un fuerte olor a líquido limpiador le lleno la nariz. En la penumbra se destacaba algún destello vigoroso sobre la piedra de la encimera; de la penumbra, que era la tónica luminosa diaria de la casa, surgían las sombras con las que Sara vivía y vagabundeaba por los confines de su imaginación; y en la penumbra se hacían fuertes acompañándola en aquel silencio solitario en el que se mecía, olvidada y perdida en un charco premeditado de angustias, rabia y tristeza del que no intentaba escapar, encerrada allí, lejos de la manada, como una loba vieja.

Envolvió los bocadillos y los metió en la maleta con el resto de las cosas, luego se dispuso a almorzar. Mientras comía, sus ojos arrastraban la dura mirada sobre la superficie de una carta que había recibido la mañana anterior. Dentro, en un papel rallado y de esforzada caligrafía, en cuatro líneas le comunicaban la muerte del abuelo y la fecha del funeral. Ni alegría ni tristeza, solo nostalgia, así se había quedado al leerla y después una avalancha de preparativos había paralizado su pensamiento. En definitiva: tendría que ir.

Se aseó sin apenas mirarse al espejo y se vistió cómoda y dignamente pensando en el difunto. La idea de reencontrarse con Marisa le revolvía la cabeza haciéndole sentir la necesidad de situarse a la altura de las circunstancias, de desviar de su cara aquella mueca dolorosa que se le había instalado concluyente. Sobreponiéndose al hecho triste de encontrarse con su imagen en el espejo tomó el cepillo del pelo y se enfrentó con su rostro, mirando sin apenas ver se atusó aquí y allá recogiendo el cabello y sacudiéndose los hombros mecánicamente mientras sus ojos esquivaban sus ojos para evitar al rayo de hielo, la descarga eléctrica, el martillazo cruel que le supone su propia mirada. Así estaban las cosas entre Sara y Sara; solo el hecho de no tener testigos la salvaba día a día de su loca realidad. Después de echar un último vistazo para comprobar que todo estaba en orden cerró la maleta que dócilmente acogía lo que, por fuerza mayor, era imprescindible para un fin de semana triste.

Tras ponerse el abrigo abrió el cajón de la cómoda y de entre la ropa sacó un sobre amarillo con unos cuantos billetes de banco dentro, hizo con ellos dos montones idénticos, uno lo guardó en el bolso de mano y otro lo envolvió cuidadosamente en un pañuelo que luego metió en el bolsillo de su blusa. Tomó el equipaje. Sin demasiada prisa cerró, tras de sí, la puerta con enérgica eficacia. Le pareció que salir de viaje le venía bien a su autoestima, aunque fuera a un funeral; dejar su casa tan libre de irse o quedarse la estimulaba, lanzarse escaleras abajo maleta en mano era fantástico, se preguntaba por qué no lo hacía más a menudo, sin querer caer en la cuenta del porqué, obviando que quizás, no siempre tenía a donde ir. Asumió un aire teatral y digno, con el deseo incontenible de sentirse observada; sin dificultad su loca mente transformó las vulgares escaleras del primer piso de la calle Pozuelos en unas marmóreas escaleras de caracol sobre las que colgaba una brillante y enorme lámpara de roca. Abajo, en vez del oscuro y húmedo portal de todos los días, había un espléndido vestíbulo lleno de hombres y mujeres elegantes que la aplaudían encantados de verla descender mientras ella, con aire regio, descendía con una sonrisa encantadora dando las gracias a diestro y siniestro a golpes de mentón. La autoestima de Sara se basaba en el eco ponzoñoso de instantes locos como aquel, que la hacían quererse como nadie la había querido, ni siquiera Manolo: Manolo que la había dejado sola y triste; sola y perdida; triste y hundida. Aquello era uno de esos momentos, un lapso de amor profundo que viviría por sí mismo durante algunas horas.

En la calle el aire revoltoso seguía levantando los últimos posos que el verano había acomodado en los rincones. A lo lejos Sara divisó un taxi, agitando las manos le indicó donde debía parar, al tiempo que recordaba como se había dejado olvidado el billete de tren (en otro sobre), en el cajón de la cómoda. Fuertemente contrariada y después de hacerle al taxi un sinfín de esperpénticas muecas para indicarle que debía esperar, se lanzó escaleras arriba, ahora sin ecos de gloria, simplemente maldiciéndose por su mala cabeza. Sofocada, sudorosa y cargada con el equipaje, abrió la puerta con furia volviendo directamente a la cómoda, posó los bultos y buscó el billete, saliendo de la casa inmediatamente. Una vez fuera se dio cuenta de que se había dejado la maleta dentro. Abrió la puerta indignada, entró, la tomó y a trompicones volvió a salir dando un portazo, como alma que lleva el diablo, haciendo añicos su sueño de cristal.

Llegó a la estación muy enfadada. Se había precipitado un poco y como aún le quedaba tiempo de sobra decidió tomar un café. El receptáculo del bar era una urna acristalada desde donde se podía ver la estación completamente: a la izquierda la ciudad ignoraba la tupida red que el tiempo y el espacio ofrecían a sus humanas víctimas; a la derecha el día se explayaba luminoso sobre los raíles que fuera de la marquesina se ofrecían a los caprichos meteorológicos. El corazón de la estación latía en cada detalle ferroviario, aun en el más insignificante, y la magia bruja del viaje y del viajero envolvían a Sara, absorta en su amargo café, amarrada a la esperanza de que aquello la arrastrara a ella también haciéndola saltar a otra dimensión. En el andén, un ritmo muy premeditado mostraba sin previo aviso sus bulliciosas algarabías con la llegada y partida de los cercanías. Sara desde la barra del bar miraba maravillada a la gente que aparecía y desaparecía, con sus interesantes vidas seductoras y deseables, con sus historias siempre intrigantes, hechizada, sencillamente fascinada.

Cautivada por aquel ambiente tan ajeno a ella, apuró el café ya frío mientras sus ojos repararon casualmente en un enorme reloj: ¡eran las dos en punto, la hora de salida de su tren, ella ya debía estar sentada en su asiento, con el abrigo doblado y la maleta colocada. ¡La máquina debía de estar a punto de echar a andar! Rápidamente buscó la pantalla de horarios y vio anunciada la salida inminente. Le entró pánico, un pánico desmedido y enfermizo, un pánico descarnado, demasiado entrenado y acostumbrado a darse rienda suelta, un pánico caprichoso e indisciplinado, hijo digno del miedo y la intolerancia. Lanzó la taza por los aires y con un nudo en la garganta se precipitó ciega hacia el andén; la carrera era como una contrarreloj de obstáculos: Subir y bajar escalera, atravesar puertas eléctricas y voltear agudas esquinas... El tren ya alertado la esperaba, pero ella inmersa en su torbellino tropezaba, caía, y se levantaba dolorida ayudada por quien fuera, mientras murmuraba: "¡Qué me esperen, qué me esperen!... Ya en el andén entró por la primera puerta que vio abierta; cuando el silbato sonó, aquella enorme mole metálica de ángulos desdibujados comenzó su marcha muy despacio. Sara apoyada en la pared intentó recobrar el resuello, los pulmones le ardían y le escocían las rodillas. Dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas intentando deshacer el nudo que en la garganta apenas sí le dejaba respirar. De pronto, la idea de que aquel podría no ser su tren la aterrorizó aun más: ¡No había tenido la precaución de asegurarse! ¿O sí? ¡No lo sabía! ¡Tendría que saltar! ¡Gritar! ¡Correr a la cabina del maquinista y obligarle a parar!

-Me deja ver su billete por favor -

Sin poder articular una palabra rebuscó en su bolso mientras se limpiaba las lágrimas con el antebrazo y se sorbía los mocos. Un hombre tranquilo le perforó el billete con una sonrisa amable y luego paciente, como quien acompaña a un niño al retrete, la acomodó en su asiento para finalmente, dejarla sola deseándole un feliz viaje.

Allí estaba, rodeada de indiferentes desconocidos. Lentamente comenzó a tomar conciencia de lo que había ocurrido y se sintió ridícula y abandonada. El calor del aire acondicionado y la vergüenza le hacían sudar; se inspeccionó las rodillas: raspadas no más, lo único el escozor. Notó como la blusa se le empezaba a pegar a la piel húmeda, lentamente se quitó el abrigo y pensó en Marisa: Marisa inteligente, Marisa bonita, Marisa feliz; subiría al tren desenfadada, despreocupada, intentando hacerle creer con su actitud displicente que no se regodeaba en su desgracia y, lo cierto, es que no se regodeaba... Subiría al tren, dentro de tres cuartos de hora aproximadamente, con su voz aterciopelada le aseguraría que se alegraba de verla y seguro que se alegraba. Sumergida en estos pensamientos poco a poco fue superando la vergüenza que había sentido cuando entró en el vagón. Recuperada la dignidad se acomodó en el asiento y llenó los pulmones de aire, haciendo que se alzara su ampuloso pecho, mientras una vez más recurría al recuerdo de Manolo y, en clave de odio, se los redondeó discretamente con sus pequeñas manos mientras, con su trastornada imaginación, evocaba a aquella mujer, que había visto en algún libro escolar, con los senos al aire que sujetaba una bandera en nombre de la libertad con la cara pletórica de candidez y heroísmo puro... Le resultaba a Sara tan fácil hacer aquellos momentos ajenos suyos.

El paisaje transcurría verde y frondoso, sin lejanías, concretando a cada golpe de vista unos y otros elementos naturales en un sin fin de colores otoñales y de formas. Sara los reconocía en cada recoveco, sus ojos se deslizaban con las aguas del Sil que como un niño caprichoso revolvía entre las faldas de las colinas siempre verdes. Se presentía el aire en las copas de los árboles y, arrancado de sus recuerdos infantiles, le vino a los oídos el murmullo vivificador de la corriente del río que le transportaron junto al abuelo ahora muerto y a su cara picorosa siempre mal rasurada. Sara se puso nostálgica reprobándose, entre tantas cosas, no haberle ido a visitar más a menudo en los últimos tiempos: " El abuelo y Manolo se llevaban bien, el abuelo y Manolo se comprendían, en el fondo, estaba segura, el abuelo le reprochaba aquel fracasado matrimonio". Sara había querido mucho a Manolo y aún le seguía queriendo con su amor trastocado, sometido, humillado; bajo este sentimiento gris poco a poco se fue quedando vacía y perdida en un abismo vertiginoso de sentimientos maltratados. Al momento se quedó adormilada con el mecedor movimiento del tren, con sus pequeñas tristezas y sus incómodos rencores a flor de piel. Al cabo de varios minutos chasqueó la lengua y sé reacomodó en el asiento. Sentía ganas de orinar, la pereza de buscar los servicios y el asunto de dejar la maleta sola a merced de cualquier ladronzuelo le hizo aguantar un poco más; había perdido la noción del tiempo y no sabía muy bien en que lugar del trayecto se encontraba: " Si la en la próxima estación se subiera Marisa". Y se puso a pensar otra vez en ella, con las piernas apretadas y la respiración entrecortada. "Quizá haya engordado y ahora esté como una foca, a lo mejor se le ha olvidado depilarse el mostacho, quizá ha ido a la peluquería a hacerse una permanente y se le han abrasado las puntas". Se levantó resignada a tener que ir al servicio sin la vigilancia de Marisa. Agarró su bolso y luego, en un arrebato de tontera, tomó el abrigo también, mirando recelosa y resignada al resto de los pasajeros, intentando descubrir de antemano al presunto ladrón.

No tardó en encontrarlo: abrió y entró con dificultad por aquel estrecho hueco, a duras penas pudo cerrar la puerta con una mano mientras con la otra apartaba el abrigo de todos los sitios para no rozar en ninguna parte. Aquel receptáculo le parecía a Sara el colmo de la ridiculez. Sujetando circense mente el abrigo entre el pecho y el mentón y con el bolso colgado en el brazo, se subió la falda, se bajo la faja, las medias y la braga al tiempo que con una mano asía la ropa para no rozar el inodoro; de reojo intentaba calcular las distancias a retaguardia para evitar las molestas salpicaduras, mientras la tapa de la taza azotaba sus nalgas rítmicamente, al son del traqueteo, aquello terminó por arrasar su humor.

Marisa por fin subió al tren, su melena roja recogida en una coleta floja se desparramaba por la espalda contrastando con el gris de su abrigo de paño. Estaba guapa. Al verla calló en la cuenta de ese extraño sentimiento que es el cariño. Redescubrió su mirada tierna, su sonrisa fácil, y del fondo abismal de sus pupilas negras dejó rodar hasta los labios de Marisa su solitaria pena. Charlaron y charlaron mientras Sara indagaba en sus muecas buscando algún deje cómplice que le consolara de su silencio, de su soledad.

- ¿Qué tal estas Sara, querida?

- Ya sabes Marisa ¿qué más puedo contarte

- ¿Le has vuelto a ver?

- No ¿y tú? Vivís en la misma ciudad ¿no te lo has encontrado alguna vez?

De los ojos brillantes de Sara salía un grito desesperado y violento.

- Cuándo pase todo esto del abuelo podías venirte unos días conmigo, a mi casa ¿eh?

- Contéstame Marisa ¿le has visto?

- ¿Qué más da? ¿Qué importancia puede tener? Sí, sí, alguna vez le he visto.

Un espeso silencio mientras Sara revolvía entre sus dedos, incansablemente, un hilo que se había arrancado de la falda.

- ¿Cómo está?

- Bien, él está bien.

- ¡Bien, bien. Pues ¡vaya cosa que me dices!

- Perdona Sara. No sé que decirte.

- Dejémoslo, sí, dejémoslo. ¿Quieres un bocadillo? Tómate este bocadillo, está bueno, los he hecho yo.

Detrás, otro silencio. Sara batía innecesariamente en su bolso buscando los bocadillos, su alocada alma se divertía diabólicamente al descubrir un brillo de incomprensión en los ojos de Marisa. Al fin, los sacó tendiéndole uno a Marisa, mientras confirmaba en su cara, con satisfacción, una mueca de disgusto:

- Venga mujer, no vamos a llegar allí y pedir que nos den la cena. Como para cenas estará el ambiente.

- Esta bien, iré al bar por un par de cervezas ¿te parece?

- Muy bien, te espero para empezar juntas.

Mientras Marisa estuvo ausente su desánimo descansó en aquellos breves momentos de soledad, ya fuera de control ante las breves noticias sobre Manolo, aturdida por sospechas de posibles conversaciones, miradas, sonrisas, palabras que ya no eran para ella y que no quería que fueran para nadie: Manolo solo en una isla desierta, preso en la luna, condenado en el fondo del mar..., por no quererla, por renunciar a tenerla, a comprenderla, a amarla como solo ella debería saber que Manolo podía amar. Comieron los bocadillos mansamente, apenas sin hablarse; Marisa expectante por saber por qué derroteros iba a continuar aquel viaje, deseando que acabara ya; Sara embebida en sus incertidumbres, en su dolor, en su rencor.

- Marisa- dijo de pronto mientras masticaba- perdóname lo de antes, no me encuentro bien, tu ya sabes.

- No te preocupes, lo entiendo perfectamente, pero todavía no me has contestado ¿vendrás conmigo unos días?

- Déjame pensarlo ¿de acuerdo?

- Te vendría bien romper con tu rutina, recordaríamos viejos tiempos y haríamos algunas cosas juntas

Y Sara comenzó a dejarse arrastrar por la placidez que le proporcionaba el jugoso bocadillo de tortilla y la cerveza. Absorta en no sé qué pensamientos, divagaba por los confines de la razón, lejos de Marisa, de aquel tren, y del recuerdo del abuelo.

- ¿Todavía fumas?- Le interrumpió Marisa agitándole levemente por el brazo.

- De vez en cuando- murmuró ella mientras volvía la mirada y se limpiaba con el dorso de la mano el mentón engrasado.

- Pues echemos un cigarro ¿te parece bien?

- Estupendamente pero tendremos que salir a la plataforma, estamos en área de no fumadores.

- Pues vamos.

Se levantaron y salieron. La espalda de Marisa sé interponía entre ella y la plataforma con insolente tranquilidad mientras avanzaba lentamente. Sintió odio hacia ella: tan inocente, tan simple como un bebe, apretó los puños en un esfuerzo por contener la rabiosa envidia y la miró a la nuca con desafiantes ojos, era ahora sin duda, algún maquiavélico personaje de esos que de pronto surgían de su imaginación. Cuando Marisa llegó a la puerta del vagón al darse la vuelta descubrió la tremenda mirada:

- ¿Te ocurre algo Sara?

- No, no.

Contestó ella con falsedad arropándose en una cálida sonrisa, pero aquella calidez no transcendió de sus labios, puesto que, su alma ya no era accesible ni para ella misma. Marisa sin comprender nada salió a la plataforma. La puerta exterior estaba abierta y el ruido era intenso. El aire golpeaba lo más inmediato con tanta violencia que casi se podía ver. A Sara le pareció estar en el centro de su propia razón. Marisa le dijo algo que no pudo oír y girándose hacia la puerta abierta la asió con las dos manos empujándola para cerrarla. En la cara de Sara seguía esa estúpida sonrisa, se acercó a Marisa con la intención de ayudarla pero, en el último momento, cambió de idea y agarrándole por los hombros le empujo poderosamente al vacío. A pesar del ruido intenso un grito de horror le atravesó los sentidos. Apoyada en la pared no supo de donde había salido aquel lamento. Cerró los ojos y se tapó, los oídos, abrumada:

"Calla, calla y escucha como corre el tren por la vía muerta, muerta y fría y pegada a la fría tierra. Calla y escucha su sonido metálico y estridente, su sonido de primitivo progreso, de tosco porvenir. Calla y escucha como la casualidad galopa detrás de él divertidamente loca, como una niña centenaria, batiendo despreocupada los brazos al viento, mientras corre en pos de este metálico artefacto. Calla y escucha. No se oye nada, solo el tren con su suspiro salvaje. Calla y escucha. Por favor. Calla y escucha lo que el tren no nos deja ver. Nosotras detrás de sus lindes, muertas y vivas, saludando al viajero desde el andén de cada estación, al viajero que se deja transportar lleno de su propia vida ignorando todo lo demás. Calla y escucha. No tiene corazón no es más que un artilugio, no puede respirar, ni vernos, ni siquiera tocarnos. Sólo puede correr por esta vía: muerta y fría".

Intentó recordar la imagen de Marisa, pero fue incapaz de recuperar para su memoria las facciones de su cara. Al momento se había quedado tan vacía de todo y luego, retomando el hilo de su vida, se preguntó cuanto faltaría para llegar a la estación en la que Marisa habría de subirse al tren. Se sentía tan aburrida ella sola, deshorientada... Despacio se volvió al asiento, los ojos pegados al suelo y las mandíbulas apretadas. Un vago presentimiento le empezó a rondar la cabeza, se sintió inspirada. Sentada ya y arrullada por el traqueteo de su magnifico cómplice, cerró los ojos y se dejó mecer por aquella sensación genial y vivificadora.


FIN

viernes, marzo 20, 2015

EL BANQUETE


Me muero por probar esa Langosta a la Banyulaise

No es tan difícil entrar en un gran hotel y mimetizarte con el ambiente, es  cuestión de conocer, un poco, la dinámica del negocio y, luego, ser muy prudente. Fundamental no empezar  montando el lío en la puerta rotatoria, por mucho que te tiente dar un par de vueltas a toda velocidad, así ya mal vamos. Hay que respirar y estar tranquilo para poder alcanzar los objetivos, por ejemplo, conseguir este traje que llevo puesto ha sido cuestión de bajar a la tintorería y cogerlo de una percha sin más aspavientos. Ser discreto es la clave junto con saber buscar en el sitio adecuado, luego dejarse llevar por el ambiente: si hay ruido, ser ruido, si hay luz, ser luz. ¿Si hay ojos? los ojos de la gente son palabras mayores: no mirar. Cuando te cruzas con otra mirada, pararse un segundo en la negra pupila es fracasar. ¿Qué bajas a la lavandería? elijes: eres personal del hotel,  cliente que se ha perdido, una prenda sucia o una limpia, el caso es asumir el papel y ejecutarlo con llaneza. Me queda algo grande, no me extraña, desde que estoy ingresado, otra vez, he debido de adelgazar diez kilos. Qué desgracia, a cualquiera que le cuentes que tenemos que salir de la casa de salud mental para poder comer bien no se lo cree, y de hecho no se lo cree nadie, aunque lo jures. Yo cada vez que puedo repito esta jugada, siempre en bodas que es donde mejor se come, estoy atento a la prensa: acontecimiento social: fulanito y menganita, y allí me presento. Aunque cada vez se casa menos la gente y empieza a ser un sino el rugir de mis tripas tumbado en la cama de la habitación 519.

viernes, marzo 06, 2015

EL AMOR, ESE EXTRAÑO ANIMAL

Le cedo, si le parece bien, el sitio al lado de la ventanilla

Cuando ella se subió al  tren yo ya había ocupado mi sitio al lado de la ventanilla:         -¡oh, diostodopoderoso!-, verla por primera vez fue como una alucinación, como un ¡al fin! Si no hubiese sido porque soy un cobarde, en aquel mismo instante me hubiese lanzado a sus brazos  y la hubiese preguntado entre besos y más besos "por qué había tardado tanto", sintiéndome, seguramente, como en casa. ¿Qué puede hacer un hombre como yo cuando tienen la certeza de que la mujer de su vida está delante suyo? aunque no la conozca de nada, certeza que me asaltó al instante mismo de verla enfrentarse al largo pasillo enmoquetado buscando su asiento e hizo que se me contrajeran todas las vísceras del cuerpo en una suerte de descolocamiento que me produjo un profundo malestar físico, casi una nausea. Con impaciencia crucé los dedos y rogué  para que ocupase un asiento delante del mío, en algún lugar que me permitiera observarla con detenimiento mientras meditaba como proceder, que se sentara a mi lado fue un golpe de suerte inesperado.

viernes, febrero 20, 2015

Y DE POSTRE, JUSTICIA

Y de postre, justicia
Necesitaba olvidar aquel momento, seguir viviendo, tomar las cosas como me venían y asumirlas con sencillez y disciplina.

viernes, febrero 06, 2015

SALVANOS DEL TRISTE OLVIDO.

como las brisas que alimentan las hogueras de los patios de armas en las tardes frescas de septiembre

- “Cuando rompáis más lanzas que Don Álvaro en Madrid”
 Eso le contestó en un susurro casi inaudible  y retirando la mano, que él no terminaba de apartar de los labios, se dio la vuelta acompañada  de un rumor de sedas y de un ligero rubor en las mejillas. Sabe que Suero está en prisión de amor desde hace meses, no es que lo sepa ella, Leonor de Tovar, ¡es que lo sabe toda Europa! pero nunca hubiese imaginado que fuera ella la carcelera y parece que los versos que Suero cincela con sus labios sobre la mano de la dama, no dejan duda:

“Que tan fermosa la vi
Que m´oviera de tornar
Loco el día que partí.”

viernes, enero 30, 2015

EL CUERVO

“Nunca más” contesta ella mientras apura el vacío


Juan Pérez Porrón la ve desde la ventana. Es, desde aquí, una sombra que se desliza en el mediodía de un día de apremiante luz, es una sombra inútil en un paisaje futurista, sobre una estructura arquitectónica de reinventado fin. Da cuenta mientras la observa, envuelto en un cómodo batín, de unos jugosos taquitos de jamón que ayuda a pasar con un ribera joven, fresco y de impecable transparencia. El semblante es serio y la actitud tranquila, mastica pausadamente y pondera, por las pistas, en este punto mismo del devenir, cuantas posibilidades hay de estar ante el espectáculo, el gran espectáculo. Echa a volar la imaginación  y  en virtud  de algunos detalles  hilvana una historia que a modo de pupa va envuelta en los hilos de su certera fantasía, son cosas de la experiencia.

jueves, enero 22, 2015

CANCIÓN DE CUNA PARA TSVETAN

El sol se dibujaba hermoso sobre la línea de la colina 


Conocí a un hombre que había matado a un hombre. Al atardecer, cuando había terminado su trabajo, se sentaba en el pasillo de alimentación de las cuadras de los caballos, sobre una de las alpacas que estaban apiladas a un extremo, y se quedaba viendo cómo se ponía el sol detrás de la colina.

jueves, enero 15, 2015

EL MALDITO MALETIN


     -No se puede ir así por la vida, con esos pelos despeinados todo el día, pensando que porque te has      puesto los vaqueros menos viejos que tienes ya vas bien vestida, con esos zapatos de punteras              peladas y esa chaqueta de lana llena de bolitas. Te presentas aquí para que te dé el visto bueno            pero… ¿tú crees que esa es manera de enfrentarse a una entrevista de trabajo?  Vas a presentar un        proyecto delante de siete personajes y te traes el ordenador y las copias  del proyecto ¡en una bolsa      de reciclaje de las que dan en el supermercado!¡pero en qué mundo vives! Necesitas que te                  compren sí o sí, estas en una situación extrema, tus hijos, por dios, Clara, ¡piensa en tus hijos!              ¿qué va a ser de vosotros cuando se te termine el subsidio de desempleo?-

domingo, enero 11, 2015

LA CASA DE LOS ANHELOS

delante de la ventana proyecta su sombra alargada y enjuta sobre el suelo



- ¿qué hora es?

Levanta la cabeza y mira a la figura que, delante de la ventana y casi sin pestañear, ha ejecutado la pregunta, sacude la muñeca derecha hasta que el reloj aparece por el puño de la blusa, interpreta dócilmente lo que la esfera nacarada le propone, quedamente se pronuncia, mientras la aguja del minutero barre con indiferencia cualquier atisbo de objetividad

- Las cinco y media-

jueves, enero 08, 2015

FOTOGRAMA DEL ÚLTIMO DÍA

Publius Cornelius Scipio Aemilianus,  procónsul de Pompeya, no era la primera vez que mataba aunque nunca lo había hecho como hoy. Una cosa era matar o morir luchando por el orgullo de Roma y otra bien distinta era matar como había matado aquella tarde, a plena luz del día, en su propia casa, movido por un sentimiento que no  estaba definido en el manual del buen legionario y arropado por un silencio sobrecogedor. ¿Había matado sin una buena excusa? Apretando los ojos no quería ni pensar en esta posibilidad. Aún jadeante por el esfuerzo y, sobre todo, por el sentimiento, se sentó en el borde del implivium, lleno a rebosar, y medio pasmado sumergió sus manos ensangrentadas, esperando que el agua, por si sola, fuera suficiente para limpiar la sangre y su olor dulzón. La sensación fresca del agua le animó: Le había matado de un solo golpe de cuchillo asestado en el cuello, rápido y eficaz. Ahora el recuerdo de su cara sonriente tendiéndole la mano, le tiene paralizado, ni por un momento se imaginó que había llegado el momento de morir.

viernes, enero 02, 2015

BUSCARTE



Buscarte, esa es la última misión. Hago un enérgico desayuno, no me van a sobrar las energías, zumo, tostadas, café con leche y un par de huevos pasados por agua. Empezaré por la línea 13, me subiré al autobús y dejaré que me arrastre por la ciudad atenta, tras el cristal, a la rosa negra de su pelo, a su caminar cansino, al brillo diamantino de los ojos que tantas veces rayó los míos.